Columna Fliméfila: Freddy y yo.

Cabros, les habla su capitán, Hermes Antonio (maestro). En mi crítica a Pesadilla: El Remake Como el Forro hablé de lo que mi hermano Gabo siente sobre estas películas, pero igual inventé un poco porque qué sé yo lo que siente el gil. Pues bien, nuestra nueva colaboradora maestra sí que sabe lo que siente, y nos hablará con el corazón, cosa que yo apoyo cien por ciento porque soy bacán. ¿Qué siente alguien que creció viendo los flims de Freddy? ¿Y qué opina del remake? ¿Ah? Con ustedes, la señorita Miss Larry Flim.

Cuando era chica, a veces me quedaba despierta y con la luz prendida, hasta que fuese de día. Me quedaba leyendo, escuchando música, dibujando; lo que fuera. No quería dormir porque no quería soñar. Específicamente, no quería soñar con Freddy Krueger, el espeluznante personaje que había conocido en alguna de las tantas tardes de películas arrendadas en el Errol’s, y que me aterrorizó y cautivó al mismo tiempo.

Las películas de Pesadilla no son las mejores películas de terror que he visto, pero sí son mis favoritas. Ver películas de terror cuando se es niña es de las cosas más emocionantes que puedes experimentar. Te da miedo la película, y te da miedo que te pillen viéndola. Y a mí ya me habían pillado. Me pillaron de una, cuando después de ver la primera subió considerablemente la cuenta de la luz y no me quedó otra que confesar: “Mamá, lo que pasa es que vi Pesadilla y ahora me da miedo dormir”.

Pero pese al miedo, quería más. Me obsesionaba saber que en el Erroll’s había al menos cuatro películas más de Pesadilla, esperando ser vistas. Y las vi todas. Me convertí en una experta en Freddy Krueger. Sabía cómo lo habían matado en cada una de las películas; pero sabía también que ninguna de esas muertes había sido definitiva. Y que Freddy volvería, siempre volvería.

El solo hecho de estar escribiendo esto me produce escalofríos: puedo verlo entre las sombras, sonriendo de forma siniestra, arrastrando su guante por la muralla, acercándose con la determinación de un asesino demente al aproximarse a su víctima, saboreando anticipadamente la tortura, alimentándose del miedo, la angustia, la desesperación. Ése es Freddy: el que se alimenta de tu debilidad y la transforma, literalmente, en tu peor pesadilla.

La única forma de defenderse era luchar contra el sueño, porque de lo contrario entrarías en su territorio y no habría forma de vencerlo, anticiparse o defenderse. “Uno, dos, Freddy viene por ti”… Si escuchabas eso, estabas perdido. Con cada número, con cada verso, te volvías aún más indefenso, se te erizaba más la piel, te tensabas aún más y deseabas con todo tu corazón despertar.

Al principio había pensado “repasar” las películas y refrescar mi memoria antes de escribir esto, pero no fue necesario. Creo recordar todo con bastante detalle porque vaya que le puse atención. Recuerdo ver cómo Freddy se aspiraba a una pobre asmática hasta reducirla a un vil estuche de piel, tragando hasta su último aliento, y recuerdo también ser incapaz de desviar la mirada de la tele, aunque me produjera un horror tremendo.

Así era con Freddy: querías mirar para otro lado, pero no podías evitar tener tu vista fija en la película sin nunca bajar el estado de alerta, y sin jamás querer dormir. Por eso tal vez mi favorita es Pesadilla 3: Los guerreros del sueño, donde un grupo de jóvenes con trastornos psicológicos son acosados por este engendro maldito. Su mejor aliado en esta entrega era ni más ni menos que el hospital psiquiátrico que albergaba a los jóvenes, pues les daban precisamente pastillas para dormir. ¡Para dormir! ¡Con Freddy rondando! La ley de Murhphy nunca fue tan carnaza.

El psiquiátrico es, además, el escenario perfecto para Freddy, quien es ante todo un torturador psicológico. No lo sabrá el joven que termina arrastrado por sus propias venas, convertido en grotesca marioneta por un Freddy en la cúspide de su crueldad, que goza mientras el desafortunado agoniza de dolor, en una muerte que todos creerán suicidio. Derrota. Y Freddy siempre riendo, disfrutando cada momento, cada lágrima, cada ruego.

Y ahora resulta que hicieron un remake. En la era del terror “cool”, donde en películas como Freddy VS. Jason o Jason X los íconos de antaño se transforman en asesinos en cámara lenta, que tiran patadas voladoras y se trenzan en peleas onderas con rock popero de fondo. Por favor, no me malentiendan; me gustan muchísimo las cámaras lentas y las peleas con rock (incluso popero). Pero no en Pesadilla, pues. No quiero escuchar una canción chora, quiero escuchar sus cuchillos y el agudo chillido que anuncia que ya viene por ti. Y no quiero muertes visualmente impactantes pero sosas, sino muertes crueles, desgarradoras sazonadas con alguna imagen perturbadora y perversa, y coronadas con la sonrisa de Robert Englund.

Llámenme prejuiciosa, pero sospecho que este remake va a ser la destrucción del mito, una nueva visión de un Freddy taquillero, sucedáneo del oscuro, desquiciado, despiadado, patético y escalofriante monstruo depredador de sueños que terminó hecho leyenda. Hay cosas que son perfectas tal como fueron creadas, y Pesadilla es una de ellas. No necesito ver una nueva versión para volver a encontrarme con Freddy. Me basta con dormir.

© Miss Larry Flim.

Gracias, Miss. Estoy parcialmente de acuerdo con usted en muchas cosas, pero por lo que veo no me queda otra que confesar lo inconfesable: Me gusta Freddy VS. Jason y qué tanto. Ya voy a escribir esa crítica. Lo demás todo bien así que bacán.

Y recuerden que si quieren escribir en Flims, pueden escribirme al mail hermeselsabio arroba gmail punto com con sus textos. El requisito es que sea sobre flims/tele o sus derivados (música, libros, cómics, etc) y que tenga un mínimo de opinión bien argumentadita. No manden tonteras y pónganle empeño que nuestros lectores no tienen tiempo de andar leyendo cosas mal escritas, ni yo tampoco ¿okay? ¡Nos Belmont!

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